

Mañana fresquita la del 28 de junio, temperatura idónea para la práctica de este deporte que tanto nos apasiona. Muy temprano comenzaban a sonar las calas, más tarde sonarían los tambores de guerra, pero no adelantemos acontecimientos.
El primer tramo de la clásica ruta del agua transcurrió con calma, subimos por la carretera y tomamos la ruta desde el principio. El Míster analizaba desde atrás, el que os escribe, iba todavía dormido, pronto tendría que espabilar....
Tras este primer sector, a lo lejos se vislumbraba en el horizonte un grupetto de cuatro ciclistas. El Mister los avistó, y cual tigre de bengala, se puso al acecho. Se acabó la charla. Los piñones bajaban, las pulsaciones subían y el grupetto se nos acercaba. Desde lejos la presa perecía fácil, al menos eso pensé cuando vi la silueta ternesca del que cerraba el grupo haciendo la goma. Les dimos caza y sonaron los tambores de guerra. El grupo que se fusionó lo formabamos seis integrantes. Pronto serían cuatro, el Mister que tiraba como si la vida le fuera en ello, un tipo de piernas depiladas que se entregaba por seguir al Mister, otro que parecía que iba dejando tuercas por los carriles, y el que les escribe que sufría por seguir al Mister, que iba desmelenado. Se sucedieron los adelantamientos, curvas que ni Rossi en su mejor sueño hubiera trazado con tal precisión. Los demás visitantes dominicales de estos caminos, los que salen a ganarse la cervecita del mediodía, se apartaban al oír el rugir de la manada levantando la polvareda. El que os escribe notaba como se podía cortar la tensión. En plena batalla se oyó a uno de los combatientes preguntar "quillo, ¿y el Migüe?" "sa quedao, tío...". Síntoma de debilidad.
Por el bien de nuestros corazones se separaron los caminos y la ruta prosiguió en calma, cada uno por su lado y para rematar cafelito con barquito en Camas, pueblo con solera sin igual, tierra de arte y tronío. Pero sobre todo con mucho de buen ambiente.
El primer tramo de la clásica ruta del agua transcurrió con calma, subimos por la carretera y tomamos la ruta desde el principio. El Míster analizaba desde atrás, el que os escribe, iba todavía dormido, pronto tendría que espabilar....
Tras este primer sector, a lo lejos se vislumbraba en el horizonte un grupetto de cuatro ciclistas. El Mister los avistó, y cual tigre de bengala, se puso al acecho. Se acabó la charla. Los piñones bajaban, las pulsaciones subían y el grupetto se nos acercaba. Desde lejos la presa perecía fácil, al menos eso pensé cuando vi la silueta ternesca del que cerraba el grupo haciendo la goma. Les dimos caza y sonaron los tambores de guerra. El grupo que se fusionó lo formabamos seis integrantes. Pronto serían cuatro, el Mister que tiraba como si la vida le fuera en ello, un tipo de piernas depiladas que se entregaba por seguir al Mister, otro que parecía que iba dejando tuercas por los carriles, y el que les escribe que sufría por seguir al Mister, que iba desmelenado. Se sucedieron los adelantamientos, curvas que ni Rossi en su mejor sueño hubiera trazado con tal precisión. Los demás visitantes dominicales de estos caminos, los que salen a ganarse la cervecita del mediodía, se apartaban al oír el rugir de la manada levantando la polvareda. El que os escribe notaba como se podía cortar la tensión. En plena batalla se oyó a uno de los combatientes preguntar "quillo, ¿y el Migüe?" "sa quedao, tío...". Síntoma de debilidad.
Por el bien de nuestros corazones se separaron los caminos y la ruta prosiguió en calma, cada uno por su lado y para rematar cafelito con barquito en Camas, pueblo con solera sin igual, tierra de arte y tronío. Pero sobre todo con mucho de buen ambiente.


